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En el último año, el incremento de algunos de los insumos de mayor peso en la estructura de costos de producción de los alimentos ha superado el 50% para el sector pecuario, y el 75% para el agrícola. Productos clave como el maíz amarillo, la soya y los fertilizantes, por mencionar algunos, sufren las consecuencias de la recuperación económica en países desarrollados, el cambio climático y la geopolítica, entre otros factores.

Este fenómeno global les pasa cuenta de cobro a los productores de alimentos a escala mundial y afecta el costo de la alimentación en general.

Solo para tener una referencia, el Índice de Precios de los Alimentos de la FAO, herramienta para hacerle seguimiento a los precios internacionales de una canasta de productos básicos de alimentos, presenta un incremento de 31.3% entre octubre del 2020 y el mismo mes del 2021. Al desagregar por tipos de productos, como cereales, lácteos y carnes, los incrementos en el último año son de 22.4%, 16.2% y 22.1%, respectivamente.

Las tensiones de oferta y demanda globales de gas y carbón, han obligado a plantas de fertilizantes a reducir su producción y, en algunos casos, a cerrar. China y Rusia han decidido restringir sus exportaciones para garantizar que exista una oferta suficiente en sus mercados domésticos. En el caso de Rusia, se espera que limite durante seis meses sus ventas al exterior, estableciendo una cuota de 5.9 millones de toneladas para fertilizantes nitrogenados, de diciembre del 2021 a mayo del 2022.

El precio de la urea en Nueva Orleans –el mayor lugar de transacciones de fertilizantes en Estados Unidos–, alcanzó en el pasado mes de septiembre el mayor valor desde el 2012, y en el caso del fosfato diamónico (DAP), la situación es igual de preocupante, pues se convierte en el más costoso desde el 2008.

Toda vez que la participación de los fertilizantes en el costo de producción de los agricultores varía entre 13% y 35%, según el cultivo, el incremento en su costo, además de vulnerar la rentabilidad del productor, puede llevar a pérdidas en su productividad, al reducir o eliminar su aplicación.

De mantenerse las condiciones del mercado internacional, sin duda alguna, podrían llegar a presentarse disrupciones en el normal suministro de este insumo crítico para los productores de alimentos a escala mundial.

Por el lado del sector pecuario la situación es igual de preocupante. En el caso del maíz, en septiembre del año pasado se esperaban precios estables por los inventarios que en ese momento se tenían. Sin embargo, elementos como las compras de China, la guerra comercial de este país con Estados Unidos, y luego en plena etapa de recuperación de la pandemia, el incremento en los fletes marítimos y los problemas climáticos en Brasil, contribuyeron a generar la tormenta perfecta. Y si a eso se le suma la mayor demanda reciente de etanol de maíz, a propósito del regreso a la normalidad en materia de movilidad en Estados Unidos, pues la película para lo que queda del año y para el 2022 no promete ser la mejor.

Es evidente que nos enfrentamos a un problema global, y que por más buena voluntad del Gobierno y el Congreso no se podrá resolver de fondo esta compleja situación. Hay que ser realistas frente a las expectativas, y tal vez es conveniente ir pensando que el 2022, o al menos el primer semestre, puede llegar a ser nuevamente un año inflacionario en materia de alimentos, como ya se estima en varios mercados a escala global.

Jorge Enrique Bedoya Vizcaya
Presidente
Sociedad de Agricultores de Colombia – SAC
@jebedoya

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